
Albacete, 2 de octubre de 2026.- Irene Vallejo llegaba a Albacete este jueves para encontrarse con quienes leen los libros y se marcha hoy tras conocer también algunos de los lugares y de las personas que los cuidan, los conservan, los investigan y hacen posible que las palabras y la memoria sigan viajando.
La escritora ha prolongado a parte de este viernes su primera visita a la provincia con una pequeña ‘ruta cultural lectora’ junto al diputado provincial del Área Social, José González, que la ha llevado desde la Biblioteca de los Depósitos del Sol hasta el Chalé Fontecha de la Diputación, sede del Instituto de Estudios Albacetenses (IEA) ‘Don Juan Manuel’.
Ha sido una mañana cercana, llena de encuentros, descubrimientos y conversaciones, concebida casi como una ‘continuación natural’ del multitudinario encuentro que Vallejo protagonizó en la tarde noche de ayer en el Teatro de la Paz de la institución provincial.
Si el jueves estaba frente a cientos de personas que mantienen vivos los libros leyéndolos y compartiéndolos, este viernes ha entrado en algunos de esos lugares donde los libros, el conocimiento y la memoria se leen, se estudian, se investigan, se conservan y se transmiten. Un recorrido desde los lectores y lectoras hasta las bibliotecas; desde la lectura hasta la investigación; y desde aquello que hemos recibido hasta la responsabilidad de conservarlo para quienes vendrán después.
Un pequeño recorrido especialmente apropiado para quien ha convertido buena parte de su obra en un homenaje a las innumerables personas que, durante siglos, consiguieron salvar las palabras del olvido.
De guardar agua a guardar y compartir libros
La mañana ha comenzado en la Biblioteca de los Depósitos del Sol, donde Irene Vallejo y José González han estado acompañados por la directora de la Red Municipal de Bibliotecas y por personal técnico, que les ha mostrado el edificio, sus espacios y la actividad que diariamente cobra vida en ellos.
También han compartido todo el recorrido profesionales del Servicio de Educación y Cultura de la Diputación de Albacete, con Mª Luisa Fajardo al frente, y Andrés García Cerdán, al frente de Oh Poetry!, dando continuidad también desde lo humano al gran encuentro vivido apenas unas horas antes.
Ya la propia historia de los Depósitos del Sol ha proporcionado el primer vínculo con el ‘universo’ de Vallejo: un lugar nacido para guardar agua y convertido después en un espacio para guardar y compartir libros; que cambió lo que contenía pero, de alguna manera, ha continuado custodiando algo imprescindible para la vida.
Entre estanterías y ejemplares y personas estudiando en la sala para ello a apenas unos metros, González ha puesto el acento precisamente en eso: una biblioteca adquiere todo su sentido cuando tiene gente dentro.
Personas leyendo, buscando, aprendiendo, estudiando o compartiendo historias. La parte visible de una red que en la provincia alcanza 385 clubes de lectura y más de 7.300 participantes, detrás de muchos de los cuales existen bibliotecas y salas de lectura y, especialmente, bibliotecarios y bibliotecarias que acompañan y consiguen que los libros sigan circulando, como han comentado.
Una realidad que conecta directamente con algo que Vallejo viene reivindicando también en Albacete: que la historia de los libros es también la de quienes consiguieron que dejaran de ser privilegio de unos pocos para llegar a todos los lugares.
Un hilo centenario hasta el Chalé Fontecha
Hasta la arquitectura ha querido sumarse a esta pequeña historia. Como le han explicado en el camino hacia la segunda parada ha aparecido un curioso hilo que une ambos lugares: Julio Carrilero. Los Depósitos del Sol figuran entre sus obras de 1921 y, apenas un año después, en 1922, Carrilero proyectó junto a Manuel Muñoz el Chalé Fontecha.
Un siglo después, el edificio ha recibido a Irene Vallejo en una fecha especialmente simbólica: como ha recordado González, hoy se cumplen prácticamente dos años desde que la Diputación volvió a abrir sus puertas a la ciudadanía, el 3 de octubre de 2024.
Allí ha sido recibida por el director del IEA, Antonio Caulín, que ha acompañado al grupo durante un recorrido en el que la propia historia del inmueble ha servido para explicar la filosofía que estuvo detrás de su recuperación.
El edificio, construido hace más de un siglo, atravesó diferentes usos y llegó incluso a estar amenazado de desaparición. La Diputación quiso recuperarlo no simplemente para restaurar y contemplar un inmueble extraordinario, sino para devolvérselo a la gente y llenarlo nuevamente de vida.
Una idea que José González ha compartido con Vallejo durante el recorrido: conservar el patrimonio no significa inmovilizarlo, sino conseguir que continúe teniendo presente y futuro.
Y eso es hoy el Fontecha: un espacio por cuyas puertas entran libros, investigadores, estudiantes, exposiciones, conversaciones y personas que quieren conocer para que, después, ese conocimiento vuelva a salir y llegue a la sociedad.
El IEA: conocer la provincia y compartir lo aprendido
Porque Irene Vallejo no ha visitado solamente uno de los edificios más singulares de Albacete. Ha entrado en ‘la casa’ del Instituto de Estudios Albacetenses ‘Don Juan Manuel’, organismo de la Diputación que nació en 1977 y que en 2027 alcanzará su primer medio siglo de vida.
De la mano de González y de Caulín, ha conocido más de cerca un Instituto dedicado a estudiar la provincia desde múltiples ámbitos —historia, arqueología, patrimonio, naturaleza o ciencias— y que afronta precisamente uno de los grandes retos de cualquier institución dedicada al conocimiento: hacer compatible el rigor de la investigación con la capacidad de divulgarla y conseguir que llegue a la gente.
Una filosofía que conecta especialmente con la trayectoria de Vallejo, que ha conseguido acercar el mundo clásico a millones de lectores demostrando que divulgar no significa simplificar el conocimiento ni hacerlo superficial.
La escritora ha recorrido también la biblioteca ‘Tomás Navarro Tomás’, que reúne alrededor de 30.000 unidades bibliográficas, junto a fotografías, cartografía, grabados, prensa histórica y fondos antiguos. Una biblioteca pública, integrada en la Red de Bibliotecas de Castilla-La Mancha, con espacios destinados también a la consulta, la investigación y la digitalización.
Y allí ha aparecido, inevitablemente, el hilo. El hilo del que Irene Vallejo había hablado estos días al explicar esa antiquísima relación entre tejer y narrar que permanece escondida en nuestro propio lenguaje: seguir el hilo, perder el hilo, trama, nudo, desenlace, urdir una historia… Porque cada libro, cada fotografía y cada documento custodiado allí es también una posibilidad de que alguien llegue algún día, tire de uno de esos hilos y encuentre detrás una historia.
Cuando un archivo devuelve personas a la Historia
La visita también ha pasado por el Centro de Estudios y Documentación de las Brigadas Internacionales (CEDOBI), centro mixto del IEA y la Universidad de Castilla-La Mancha con sede en el Chalé Fontecha.
Allí, la conversación ha encontrado otro punto de encuentro especialmente hermoso con la obra de Vallejo: la necesidad de mirar detrás de los grandes nombres y acontecimientos para recuperar a las personas que quedaron en los márgenes del relato.
El CEDOBI reúne documentación, fondos fotográficos y recursos digitales; documenta rutas brigadistas y los espacios que las Brigadas Internacionales tuvieron en la provincia; trabaja sobre las personas españolas y extranjeras que formaron parte de ellas; participa en investigaciones y publicaciones y coordina la Red Internacional de Estudios sobre la Guerra Civil Española.
Pero, sobre todo, sus fondos permiten pasar de hablar genéricamente de “las Brigadas Internacionales” a intentar descubrir quiénes fueron aquellas personas, de dónde vinieron, dónde estuvieron, qué hicieron, qué escribieron y qué fue de ellas.
Y ahí ha surgido también la historia de las mujeres. Y, a la alusión que minutos antes se ha hecho sobre Guillermina Medrano Aranda, se sumaba en este caso la del trabajo que la investigadora de la Universidad de Nuevo México Gina Benavidez hacía hace unos meses desde este Chalé, utilizando fondos del IEA para reconstruir las vidas de cerca de setenta mujeres estadounidenses que llegaron a España durante la Guerra Civil como enfermeras, técnicas de laboratorio, conductoras de ambulancias, traductoras o secretarias.
Mujeres que estuvieron allí pero cuyo papel quedó después mucho más desdibujado que el de los hombres y cuyas huellas pueden recuperarse hoy, en parte, gracias a los documentos conservados en Albacete. Una historia que conecta de lleno con una constante de la obra de Vallejo: preguntarse quién falta cuando contamos nuestro pasado y devolver espacio y voz a quienes fueron expulsados o relegados del relato.
El cariño que también guarda una provincia
Pero la mañana no ha estado hecha únicamente de edificios, libros y documentos. Irene Vallejo se ha ido encontrando a su paso con otra de esas redes que no siempre se pueden contabilizar: la del cariño de quienes leen y han ido a su encuentro. Por ejemplo, el actor Antonio Campos; o el cantante Carletti Porta, que le ha dedicado un disco suyo y se ha llevado de vuelta el ejemplar de su madre de ‘El infinito en un junco’ firmado para ella.
Pequeños regalos, humildes pero entregados con admiración; peticiones de fotografías como recuerdo; más libros que aparecían buscando una dedicatoria; conversaciones espontáneas y personas deseosas de agradecerle lo que sus palabras habían significado para ellas. Por ejemplo, la presidenta de la Asociación de Amigos del Instituto de Estudios Albacetenses que, emocionada, le ha explicado personalmente que El infinito en un junco le había sido “medicina”.
Una frase pequeña capaz de explicar por sí sola mucho de lo que durante este intenso ‘día y pico’ se ha hablado sobre el poder de la literatura.
Y también la constatación práctica de aquello que la propia Vallejo reivindicaba la tarde anterior en el Teatro de la Paz: que en los pueblos, en las bibliotecas, en las salas de lectura y en lugares que pocas veces ocupan grandes titulares existen redes humanas que mantienen vivo un enorme patrimonio cultural y, con él, el futuro de la palabra.
Una provincia que protege cultura tejiendo redes
De esa manera, lo que inicialmente era una pequeña ruta por espacios concretos ha terminado permitiendo a Irene Vallejo asomarse a algo bastante más amplio. A una provincia donde instituciones, bibliotecas, clubes y salas de lectura, asociaciones, investigadores y ciudadanía, tejen redes alrededor de la cultura.
Redes que acercan escritores y escritoras a los pueblos y hacen de la lectura una actividad compartida; que investigan y protegen el patrimonio y las tradiciones populares; que recuperan la memoria democrática; que trabajan para hacer visibles a las mujeres que permanecieron fuera de demasiados relatos; que conservan documentos para investigadores que quizá todavía ni siquiera han formulado sus preguntas; y que procuran que vivir en un municipio pequeño no signifique estar lejos de la cultura.
Una forma de entender la acción cultural desde lo público que José González ha compartido con Vallejo y que la escritora se ha marchado con ganas de conocer mucho más despacio.
“Boquiabierta y fascinada”: Irene convierte el Fontecha en una ‘arboleda de la memoria’
La mejor crónica de lo que ha significado para Irene Vallejo esta mañana la ha terminado escribiendo ella misma.
Antes de despedirse, la autora ha firmado en el Libro de Honor del Instituto de Estudios Albacetenses. Y lo ha hecho comenzando de una forma inconfundiblemente suya: “Viernes (día de Venus), 2 de octubre de 2026”.
Después, ha dejado unas palabras que han maravillado a José González: “Todavía boquiabierta y fascinada por el descubrimiento de este Chalé Fontecha, un prodigio inesperado en las calles de Albacete, jardín en todos los sentidos literales y figurados, arboleda de la memoria donde se cultiva la historia con toda su fronda documental, la espesura de nuestro pasado, que aquí ha encontrado su palacio”.
Y ha cerrado la dedicatoria con dos palabras y su firma: “Con infinita admiración, Irene Vallejo Moreu”.
Una descripción que, en apenas unas líneas, ha terminado condensando buena parte del propósito con el que la Diputación recuperó el Chalé Fontecha y lo devolvió a la ciudadanía hace prácticamente dos años: hacer del patrimonio un espacio vivo desde el que investigar, conservar, comprender y compartir la memoria de esta tierra.
González le ha recordado a Vallejo que las puertas les quedan abiertas para ella y la ha invitado a regresar a Albacete cuando quiera. A volver, esta vez con más tiempo. A detenerse en los fondos que esta mañana apenas ha podido comenzar a descubrir; a seguir conociendo el trabajo del IEA y del CEDOBI; a adentrarse en otros espacios culturales de la provincia; y a encontrarse nuevamente con las personas que hacen posible esa red de libros, memoria, investigación y cultura que tanto la ha sorprendido.
Irene Vallejo se ha marchado queriendo hacerlo. Y quizá ése sea el mejor final posible para esta primera visita: llegó a Albacete para hablar de libros y se marcha habiendo descubierto una “arboleda de la memoria” en la que todavía le quedan muchos caminos por recorrer.

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